Reírte cuando algo te molesta
6. Reírte cuando algo te molesta
La verdad: La risa nerviosa no es simpatía. Es el sonido de tu dignidad escapándose por la boca. Es la bandera blanca que agitas para pedir que no te peguen.
La Situación
Martes, 11:30. Gimnasio del instituto. El aire olía a goma quemada, a humedad y a ese olor rancio inconfundible de treinta adolescentes sudando en un espacio cerrado. El eco de los balones y las zapatillas chirriando rebotaba en las paredes altas, creando una atmósfera de caos sónico.
El profesor de Educación Física, el Sr. Aguilar, había dividido la clase por parejas para hacer el test de abdominales. Un minuto de reloj. Uno sujeta los pies, el otro sufre. La suerte no había estado del lado de Leo. Le había tocado con Marcos. Marcos era el lugarteniente principal de Dario. Era fuerte, rápido, guapo y tenía esa crueldad casual de quien sabe que nadie le va a devolver el golpe.
Leo estaba tumbado en la colchoneta azul, que estaba pegajosa y fría. Marcos le sujetaba los tobillos con una sola mano, mirando hacia otro lado, aburrido, mientras masticaba un chicle con la boca abierta. —¡Ya! —pitó el profesor.
Leo empezó a subir. Uno. Dos. Tres. A partir de la décima, el dolor en el abdomen empezó a quemar. Leo no era el más atlético de la clase. Su cara se estaba poniendo roja. Empezó a resoplar. El sudor le caía por la frente y le picaba en los ojos. Hacía gestos raros con el cuello para impulsarse. Marcos, que hasta entonces había estado mirando a las chicas jugar a voley en la otra pista, bajó la vista hacia Leo. Lo miró con una mezcla de asco y diversión.
—Joder, Leo —dijo Marcos, en voz suficientemente alta para que le oyeran las tres parejas de al lado—. Pareces una tortuga dada la vuelta intentando follar. Hubo risas alrededor. —¿En serio no puedes subir más? Das mazo de pena, tío. Estás fofo.
La frase se clavó en el pecho de Leo más profundo que el cansancio físico. “Tortuga”. “Das pena”. “Fofo”. Sintió un pinchazo agudo de humillación. Quería parar. Quería levantarse y decirle: “Cállate la boca, imbécil, estoy haciendo lo que puedo”. Quería enfadarse. Tenía derecho a enfadarse. Marcos le estaba faltando al respeto en su cara.
Pero entonces, ocurrió el secuestro. Su cerebro, condicionado por años de querer evitar el conflicto a toda costa, tomó el control de sus cuerdas vocales. Su sistema de defensa automático se activó: ¡Alerta! Tensión social detectada. Peligro de pelea. Desactiva la amenaza. Sé simpático. Muéstrate inofensivo.
Leo abrió la boca. Y lo que salió no fue un grito de guerra. Fue una risa. —Jajajaja, ya ves, tío —dijo Leo, sin aire, forzando una carcajada patética mientras intentaba hacer otra abdominal—. Soy un paquete, necesito un trasplante de abdominales, jajaja. Qué triste soy.
Se rió. Se rió de sí mismo. Se rió validando el insulto que le acababan de lanzar. Leo esperaba que, al reírse, Marcos se relajara. Esperaba convertir el ataque en una broma compartida. “Si me río yo también, ya no se ríen DE mí, nos reímos CONMIGO, ¿no?”.
Se equivocaba. Marcos no se rió con él. Marcos le miró con algo peor que odio: le miró con repulsión. La risa de Leo no había desactivado nada; solo había confirmado su debilidad. Marcos vio que podía insultarle y que Leo se lo agradecería con risitas. —Ya, bueno. Cállate y acaba rápido que me toca a mí —dijo Marcos, soltándole los pies con desprecio antes de que sonara el silbato.
Leo se quedó tumbado en la colchoneta un segundo más de lo necesario. Se sentía sucio. Se sentía pequeño. Había traicionado a la única persona que tenía el deber de protegerle: él mismo.
Al levantarse, mareado por el esfuerzo y la vergüenza, cruzó la mirada con Kai. Kai estaba en la colchoneta de al lado. Acababa de terminar cincuenta abdominales perfectas sin despeinarse. Kai no le miró con asco, como Marcos. Le miró con decepción. Kai negó muy levemente con la cabeza. Un gesto casi imperceptible, de milímetros. Fue como si le gritara: No te rías. No tiene gracia. No te vendas tan barato.
Leo bajó la mirada, avergonzado. Ojalá hubiera tenido el valor de quedarse serio. Ojalá hubiera tenido el valor de sostener el silencio incómodo.
Qué está pasando aquí
Reírse cuando uno está incómodo, triste, ofendido o enfadado es un mecanismo de defensa evolutivo llamado Risa de Sumisión. En la prehistoria, servía para decirle al macho alfa de la tribu o al depredador: “No me mates, soy amigo, mira cómo enseño los dientes sonriendo, soy pequeño, no soy una amenaza para tu estatus”.
Hoy, en el pasillo del instituto o en la oficina, esa risa te convierte automáticamente en la mascota del grupo. Leo creyó que reírse era “tener sentido del humor” o “saber encajar bromas”. Falso. Tener sentido del humor es reírte porque algo es gracioso. Lo de Marcos no fue gracioso. Fue un ataque.
Lo que hizo Leo al reírse (“jajaja soy un paquete”) fue firmar un contrato invisible con Marcos: “Reconozco que estoy por debajo de ti. Puedes faltarme al respeto y yo te premiaré con risas para disolver la tensión. Soy inofensivo. Úsame como saco de boxeo.”
La gente con Aura se ríe mucho. Tienen un sentido del humor excelente. Pero SOLO se ríen cuando algo les hace gracia de verdad. Jamás usan la risa como lubricante social para evitar roces incómodos.
Cómo mantener el Aura
Tienes que desconectar el cable cerebral que une “Incomodidad” con “Risa”.
- La Sonrisa de Mona Lisa: Si alguien dice algo fuera de lugar pero no quieres montar un drama (porque es tu jefe o un profesor), no te rías a carcajadas. Como mucho, esboza una media sonrisa enigmática, con la boca cerrada. Es una señal de “te he oído, pero no me has ganado”. Mantienes tu misterio.
- El Silencio Castigo: Si la broma es ofensiva (como la de Marcos), quédate de piedra. Cara de póker absoluta (Stone Face). Mírale a los ojos. Deja que se cree un silencio incómodo. No corras a rellenarlo. Ese silencio es el castigo por su falta de respeto. Deja que él se sienta incómodo por haber sido un idiota.
- Verbaliza en frío: Si insiste, di tranquilo: “Esa no ha tenido mucha gracia”. Dicho sin enfado, como quien da la hora. Es devastador.
Cierre
Regla de Aura: No regales tu risa. Tu risa es tu sello de aprobación. Si te ríes de un insulto hacia ti, estás firmando el insulto debajo. Te estás insultando tú mismo y dando permiso al mundo para que lo haga.
Micro-reto (24h - Detox de Risitas) Hoy es el día de la seriedad selectiva. Intenta pasar un día entero riéndote SOLO cuando algo sea realmente divertido (un chiste bueno, un vídeo de gatos). Elimina todas las “risitas de relleno”:
- Cuando saludas (“hola jijiji”).
- Cuando no entiendes algo (“jijiji no lo pillo”).
- Cuando te equivocas (“uy perdón jijiji”). Observa cómo te sientes más sólido, más pesado y un poco más peligroso.