Explicarte de más
7. Explicarte de más
La verdad: Quien manda no se justifica. Quien obedece, sí. Cada excusa innecesaria que das es un ladrillo que quitas de tu muro de respeto y se lo entregas al otro.
La Situación
Salida de clase. 14:05. El sol de la tarde entraba horizontal, cegador. Leo caminaba hacia la puerta de la verja con prisa. Había quedado con su primo para jugar online a las tres y media, y si perdía el autobús de las 14:15, tendría que esperar media hora al siguiente. Iba con los cascos puestos, en su mundo, intentando ser invisible hasta llegar a la parada.
De repente, una mano con la manicura perfecta, uñas largas de gel pintadas de azul eléctrico, se posó en su hombro. No fue un toque agresivo. Fue un toque de posesión. Leo se tensó. Se quitó los cascos. Se giró. Era Bea. Bea era la reina del drama, la mano derecha social de Dario. Era guapa, popular y tenía la habilidad letal de hacerte sentir que le debías algo solo por respirar su mismo aire.
—¡Hombre, Leo! —dijo Bea con una sonrisa brillante, de esas que no llegan a los ojos—. Qué suerte pillarte. Te estaba buscando.
Leo sintió una mezcla de halago y pánico. ¿Bea le buscaba? —¿Ah sí? —preguntó, intentando sonar casual y fallando. —Sí, tía, es que tengo un problemón —dijo ella, acercándose demasiado, invadiendo su espacio—. Me he dejado la cartera en casa y me muero de hambre. Hazme un bizum de 5 pavos, anda. Quiero pillarme un bocata en el bar de enfrente. Mañana te lo doy sin falta. Te lo juro.
Leo se quedó paralizado. Sabía, por experiencia empírica de toda la clase, que el “mañana te lo doy” de Bea era una leyenda urbana como el Bigfoot o el monstruo del Lago Ness. Todo el mundo hablaba de ello, pero nadie lo había visto nunca. Esos 5 euros no volverían. Y Leo los necesitaba. Eran sus ahorros de la semana. Quería comprarse una skin en el juego esa tarde. —Eh… es que… —empezó Leo, titubeando, mirando al suelo.
Bea ladeó la cabeza. Mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se enfriaron un grado. Dejó de ser la “amiga simpática” y pasó a ser la “cobradora”. —¿Qué pasa? ¿No tienes? —preguntó, con un tono de incredulidad—. Si te he visto comprar una Coca-Cola en el recreo. Sé que tienes suelto. —No, sí, o sea… tener tengo… —Leo entró en pánico total.
Su cerebro buscó desesperadamente una salida. No se atrevía a decir la verdad: “No quiero dártelos porque no me los vas a devolver y los quiero para mí”. Eso sonaba “egoísta” y “borde”. Así que activó el modo Abogado Defensor. Empezó a vomitar excusas.
—Es que verás, Bea, el problema es que tengo que recargar el abono transporte esta tarde, ¿sabes? —empezó a hablar rápido, atropellándose—. Y claro, mi madre me ha dicho que no gaste más porque la semana pasada ya me pasé con la paga, y si llego a casa sin el dinero del abono se va a enfadar muchísimo porque ya sabes cómo es ella con el dinero, que lo mira todo con lupa, y claro, si no lo recargo hoy mañana no puedo venir…
Leo soltó una catarata de palabras. Estaba presentando pruebas, testigos y coartadas ante el Tribunal Supremo de Bea para que le declararan “inocente” del crimen de no querer darle su dinero. Se sentía miserable mientras hablaba. Se oía a sí mismo y sonaba patético.
Bea olió la debilidad al instante. Escuchó sus excusas como quien oye llover, con una expresión de aburrimiento creciente. Esperó a que Leo terminara su monólogo de ahogado. Y luego, con precisión de cirujano, desmontó todo el argumento con una frase.
—Pero si el abono transporte se recarga con tarjeta en la máquina —dijo ella, arqueando una ceja—. No necesitas el efectivo para nada.
Bum. Leo se quedó blanco. Era verdad. Su mentira había sido pobre y Bea la había cazado. —Eh… ya, pero es que… —Leo balbuceó. Ya no tenía escudo. —Venga, tío, no seas rata —dijo Bea, cambiando la estrategia a la vergüenza directa—. Son 5 miseros euros. ¿En serio me vas a dejar sin comer por 5 euros? Te invito yo mañana, lo prometo. Eres un agonías.
Leo se quedó sin aire. Acorralado en su propia lógica fallida y aplastado por la etiqueta de “rata”, se rindió. Metió la mano en el bolsillo, sacó el billete de 5 euros arrugado y se lo dio. —Vale, toma. Pero… acuérdate mañana, ¿eh? Porfa.
Bea cogió el billete rápido, como una gaviota robando un pez. —Sí, sí, pesado. Gracias, eres un sol. Se dio la media vuelta y se fue corriendo hacia el bar sin mirarle más. Ya tenía lo que quería. Leo había dejado de existir para ella.
Leo se quedó allí, solo en la puerta del instituto. Con 5 euros menos. Con el autobús perdido. Y con una sensación de asco en la garganta que no se podía tragar. Se había vendido. Y lo peor es que, mientras se explicaba y suplicaba, había visto en los ojos de Bea cómo ella le perdía el respeto frase a frase.
Qué está pasando aquí
Hay una ley universal de poder en las negociaciones llamada JADE (Justify, Argue, Defend, Explain). Cuanto más JADE haces, menos verdad parece lo que dices y menos poder tienes.
Leo, al dar cinco excusas detalladas (“mi madre”, “el abono”, “la semana pasada”), le envió un mensaje subconsciente a Bea: “Mi NO por sí mismo no tiene valor. Mi deseo no es suficiente. Necesito traerte un justificante médico/familiar firmado para que tú, Gran Jueza Bea, me des permiso para conservar mi propio dinero”.
Al darle una razón concreta (“el abono”), le dio a Bea un blanco al que disparar.
- Si dices “No tengo dinero”, te dirán “Pídeselo a tu padre”.
- Si dices “Tengo prisa”, te dirán “Es un segundo”.
- Si dices “Es para el abono”, te dirán “Se paga con tarjeta”.
Cada excusa es una invitación a debatir. Y si debates con un manipulador sobre TU dinero o TU tiempo, vas a perder. Si Leo hubiera dicho simplemente “No me viene bien” o “No tengo suelto”, Bea no habría tenido dónde agarrarse. El misterio protege. La explicación debilita.
Cómo mantener el Aura
Aprende a amar el punto final. El punto final es tu mejor amigo.
- La respuesta mínima viable: Di lo justo para que se entienda la negativa, ni una palabra más.
- “No me viene bien.”
- “Hoy no puedo.”
- “Voy justo.” Son frases blindadas. No tienen grietas por donde meter una objeción.
- Mata el “porque” falso: Evita la tentación de inventarte excusas mentirosas para “suavizar” el golpe. Si no quieres, es que no quieres. No hace falta que mates a tu abuela imaginaria cada vez que no quieres ir a una fiesta. Tu desgana es razón suficiente.
- El silencio post-negativa: Di que no y cierra la boca. Físicamente. Aprieta los labios. No rellenes el hueco incómodo con explicaciones nerviosas. Deja que el “No” resuene en el aire. Ese silencio le dice al otro: “No voy a negociar esto. La decisión está tomada”.
Cierre
Regla de Aura: Tus decisiones no necesitan tribunal. No eres el acusado en un juicio, eres el juez de tu propia vida. Si no quieres, no quieres. Punto.
Micro-reto (48h - El No Seco) La próxima vez que alguien te pida un favor pequeño que NO te apetece hacer (prestar apuntes, ir a un sitio, comprar algo): Di simplemente: “No, ahora no me va bien”. Y cállate. Aguanta la presión física en la garganta de añadir “es que…”. Aguanta las ganas de disculparte. Mira qué pasa. (Spoiler: te respetan más y dejan de insistir antes que si pones excusas).