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Miguel Ángel Ballesteros

Maker, using software to bring great ideas to life. Manager, empowering and developing people to achieve meaningful goals. Father, devoted to family. Lifelong learner, with a passion for generative AI.

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Cuando pierdes aura (y no pasa nada)

23. Cuando pierdes aura (y no pasa nada)

La verdad: Vas a fallar. Vas a perder los papeles. Vas a gritar y a ser incoherente. El Aura no es ser un robot perfecto que nunca se mancha; es tener la clase suficiente para limpiarse rápido y seguir andando.

La Situación

Martes, 13:00. El momento del desastre. Vega llevaba una semana horrible. Había dormido poco, tenía la regla y acababa de salir de un examen de Matemáticas que había sido una carnicería. Necesitaba un 7. Sabía que no había llegado ni al 4.

Salió del aula con los puños apretados, conteniendo las lágrimas de frustración. El pasillo estaba atestado de gente feliz que gritaba y corría. El ruido le taladraba la cabeza. Solo quería llegar a su taquilla, coger su bocata y desaparecer.

Y entonces, un chico de primero, un novato con una mochila más grande que él, salió corriendo de una clase y chocó contra ella. Fue un impacto seco. El móvil de Vega voló de sus manos y aterrizó boca abajo en el suelo. El estuche del chico se abrió y sus bolígrafos rodaron por todo el pasillo.

Fue la gota que colmó el vaso. El volcán entró en erupción. La “Vega Zen” desapareció. Volvió la Vega Reactiva del Capítulo 1. —¡JODER! —gritó Vega. Su voz resonó en todo el pasillo, estridente, fea—. ¡Estáis tontos o qué pasa! ¡MIRA POR DÓNDE VAS, INÚTIL!

Le dio una patada al estuche del chico, esparciendo aún más los bolígrafos. El chico de primero se quedó paralizado, aterrorizado, mirándola con ojos enormes. —¡Pero apártate! —siguió gritando Vega, agachándose a recoger su móvil. La pantalla estaba intacta, pero su dignidad estaba hecha añicos—. ¡Sois una plaga! ¡Os odio a todos!

La gente se paró a mirar. El “show” había vuelto. Dario, que pasaba por allí con su grupo, vio la escena y sonrió. —Vaya, vaya —dijo Dario, lo suficientemente alto para que todos le oyeran—. Ha vuelto la loca. Mucho zen y mucha tontería, pero la cabra siempre tira al monte.

Vega le oyó. Le miró con odio puro, con la cara roja y descompuesta. —¡CÁLLATE LA PUTA BOCA, DARIO! —chilló. Dario soltó una carcajada triunfal. —Tomad nota, chicos. Nunca se cura.

Vega cogió su mochila y salió corriendo hacia el baño. Se encerró, cerró el pestillo y se dejó caer al suelo. Lloró. Lloró de rabia, pero sobre todo, lloró de vergüenza. Se sentía una farsante. “He fallado. Todo es mentira. No tengo aura. Soy un desastre emocional. He vuelto a ser la loca que grita. He perdido todo el respeto que había ganado en meses”. La sensación de fracaso era absoluta. Quería desaparecer. No quería salir de ese baño nunca más.

Diez minutos después, alguien tocó suavemente la puerta. —Vega. Era Leo. —Vete —dijo Vega, con voz ronca—. Soy gilipollas. —Sí, un poco —admitió Leo. Vega soltó una risa triste entre mocos—. Pero sal. He conseguido que Marcos me dé medio bocadillo de chorizo a cambio de mis apuntes de Historia.

Vega abrió la puerta. Tenía los ojos hinchados y el rímel corrido. Parecía un mapache triste. —He perdido, Leo. Dario ha ganado. Me ha visto perder el control. Todos me han visto. Leo le pasó una servilleta. —Has perdido una batalla, Vega. No la guerra. —He gritado a un niño pequeño. He pateado un estuche. Soy lo peor. —Ya. Ha sido feo —dijo Leo sin endulzarlo—. Pero ¿sabes qué? Kai también se enfada. El otro día le vi pegarle una patada a una máquina expendedora porque se tragó su moneda. —¿En serio? —Vega abrió los ojos. —Sí. Soltó un taco enorme. Pero luego respiró, se calmó, fue a conserjería y pidió perdón por el ruido. Y siguió con su vida. Leo le puso una mano en el hombro. —La diferencia no es no caerse nunca. Eso es imposible. La diferencia es cuánto tardas en levantarte. La Vega de antes habría estado gritando tres días y odiando al mundo una semana. La Vega de hoy lleva 10 minutos llorando y ya se está limpiando los mocos. Eso es progreso.

Vega se miró en el espejo. Se lavó la cara. Respiró hondo. Uno, dos, tres. Se alisó el pelo. —Tengo que hacer una cosa —dijo.

Salió al pasillo. Leo la siguió a distancia. Vega buscó al chico de primero. Estaba en una esquina, recogiendo sus cosas con cara de susto. Vega se acercó. El chico se encogió, esperando otro grito. Vega se agachó a su altura. —Oye —dijo Vega. Su voz era tranquila, firme, grave—. Perdona por lo de antes. Estaba muy quemada por un examen y lo he pagado contigo. No era culpa tuya. Lo siento.

Habló alto y claro. Sin excusas baratas. “Lo he pagado contigo”. Responsabilidad radical. El chico parpadeó, sorprendido. —Ah… vale. No pasa nada. —¿Se ha roto algo? —preguntó Vega, señalando el estuche. —No, está bien. —Genial. Vega se levantó. Dario estaba mirando desde lejos, esperando ver más drama. Vega se cruzó con la mirada de Dario. Dario hizo una mueca burlona. Vega no gritó. No le hizo un gesto obsceno. No bajó la mirada. Simplemente le sostuvo la mirada un segundo con indiferencia absoluta, y siguió andando hacia el patio. Ya estaba de vuelta. Y esa recuperación, esa capacidad de rectificar y seguir con la cabeza alta, le dio más aura en un minuto que si nunca hubiera gritado.

Qué está pasando aquí

El Perfeccionismo es el enemigo mortal del Aura. Si crees que tienes que ser perfecto, al primer fallo te derrumbarás. “Ya la he cagado, de perdidos al río”, y volverás a tus viejos hábitos destructivos.

Vega aplicó el Protocolo de Reinicio (Reset):

  1. Reconocimiento: “He fallado. He perdido el control”. No se mintió a sí misma.
  2. Validación: Lloró en el baño. Sacó la emoción. No se la tragó.
  3. Reparación: Pidió perdón al chico. Esto es clave. Recuperó su dignidad al humillarse voluntariamente para disculparse. Eso demuestra un poder brutal.
  4. Continuación: Volvió al ruedo sin arrastrarse.

La Resiliencia (capacidad de recuperación) impresiona más que la perfección. Ver a alguien “cagarla”, admitirlo, arreglarlo y seguir como si nada es la definición definitiva de Confianza.

Cómo mantener el Aura

Perdónate rápido. Sé tu propio mejor amigo, no tu torturador.

  1. La Regla del “Fallo + 1”: En cuanto te des cuenta de que has perdido el aura (has gritado, has mentido, te has reído por nervios), PARA. Di “Stop”. Respira. Y asegúrate de que tu siguiente acción sea impecable. Gana el siguiente segundo. No intentes borrar el pasado. Escribe bien la siguiente línea.
  2. Discúlpate como un Jefe: Si has ofendido a alguien, pide perdón. Pero hazlo UNA vez, mirándoles a los ojos, y SIN EXCUSAS. “Perdona, te he gritado. Estaba nervioso. No tienes la culpa”. Punto. No digas “es que tú también…”. Una disculpa limpia restaura tu estatus al instante.
  3. No te fustigues: No te pases el día pensando “soy idiota, soy idiota”. Eso te debilita y te hace más propenso a fallar de nuevo. Di: “Vale, he patinado. Lección aprendida. ¿Qué hago ahora?”.

Cierre

Regla de Aura: No se mide tu altura cuando estás en la cima y todo va bien. Se mide por lo rápido que rebotas cuando tocas el suelo. Caerse es humano. Levantarse rápido, limpiarse el polvo y seguir sonriendo es de Leyendas.

Micro-reto (Vida Eterna) La próxima vez que falles en algo estrepitosamente (un examen, un comentario estúpido, un tropiezo): Prohíbete a ti mismo quejarte o insultarte mentalmente. Di en voz alta (o mentalmente): “Reset”. Haz un gesto físico de sacudirte el polvo de los hombros. Y sigue andando como si fueras el dueño del lugar. Actúa “como si” no hubiera pasado, y para los demás, dejará de haber pasado.