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Miguel Ángel Ballesteros

Maker, using software to bring great ideas to life. Manager, empowering and developing people to achieve meaningful goals. Father, devoted to family. Lifelong learner, with a passion for generative AI.

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El juego largo

26. El juego largo

La verdad: El instituto es un tutorial. La vida real empieza ahora. Y las reglas que has aprendido aquí (respeto, silencio, integridad, no-reacción) son las mismas que gobiernan el mundo de los adultos, de los negocios y del amor.

La Situación

Último día. 13:30. Las puertas del instituto se abrieron de par en par y escupieron a una marea de estudiantes hacia el verano. El ruido era ensordecedor: gritos de libertad, carpetas volando, cláxones de coches, risas histéricas. El sol de junio brillaba con esa intensidad blanca y vertical que promete tardes infinitas de piscina y noches sin hora de vuelta.

Leo, Vega, Pablo y Kai caminaban juntos hacia la salida, un poco apartados de la masa principal. Kai llevaba una caja de cartón con sus cosas de la taquilla. Se iba. El año que viene empezaba la universidad en otra ciudad. Era su despedida oficial. Se sentaron en el muro de ladrillo bajo, cerca de la parada del autobús. El mismo muro donde todo había empezado meses atrás, aquel día gris en que Leo miraba con envidia a los populares y se sentía transparente.

Kai dejó la caja en el suelo y sacó una bolsa de pipas. —¿Y ahora qué? —preguntó Vega, balanceando las piernas, mirando el horizonte de edificios de ladrillo rojo. Kai sonrió. Se le veía diferente sin la mochila escolar. Parecía más adulto. Más ligero. —Ahora empieza lo difícil —dijo Kai, masticando una pipa—. El instituto es un entorno controlado. Es una pecera pequeña. Fuera… fuera es el océano.

Leo le miró. —¿Más difícil? Pensaba que lo peor ya había pasado. —No —Kai se rió—. Fuera hay muchos Darios. En la universidad, en el trabajo, en los bares. Hay jefes tóxicos que te gritarán. Hay parejas manipuladoras que te harán luz de gas. Hay amigos falsos que te venderán por un ascenso. El mundo está lleno de gente que quiere robarte la energía.

Hubo un silencio. Un silencio cómodo, de camaradas de trinchera. —Pero —continuó Kai—, la buena noticia es que ya tenéis el kit de supervivencia. Señaló a Leo. —Tú sabes usar el Silencio y el No. Ya no eres una víctima. Señaló a Vega. —Tú sabes usar la Pausa y el Freno. Ya no eres una marioneta. Y señaló a Pablo. —Y tú sabes que tu rareza es tu superpoder.

—Silencio, No, Pausa, Integridad —recitó Leo, como una lista de la compra sagrada. —Y sentido del humor —añadió Vega, dándole un empujón amistoso a Leo—. No te olvides de la risa antifrágil.

Kai asintió. Se puso serio un momento. —Escuchadme bien. El Aura no es un videojuego que te pasas y ya tienes el trofeo para siempre. El Aura es como ducharse. O como ir al gimnasio. —¿Cansa? —preguntó Pablo. —No. Pero hay que hacerlo todos los días —dijo Kai—. Si dejas de practicar el respeto a ti mismo, empezarás a oler mal. Habrá días que falléis. Días que gritaréis, días que os sentiréis pequeños y días que querréis ser invisibles. Es normal. —Haremos un Reset —dijo Leo rápido. Kai le guiñó un ojo. —Exacto. Haced un reset. Limpiaos el polvo. Y seguid andando.

En ese momento, un coche descapotable (el hermano mayor de alguien) pasó pitando por la calle, con la música a todo volumen. Dentro iban Dario, Marcos y Bea. Iban gritando, con gafas de sol, agitando las manos. —¡Adiós, pringaaaados! —gritó Marcos desde la ventanilla trasera, haciéndoles un calvo o un corte de mangas, daba igual.

El ruido del coche y los gritos llenaron la calle un segundo y luego se desvanecieron al doblar la esquina. Hace meses, ese grito habría arruinado la tarde de Leo. Le habría hecho sentirse excluido. Hoy… Leo ni siquiera giró la cabeza. Siguió pelando su pipa. Vega les saludó con la mano, distraída, sin dejar de escuchar lo que decía Pablo sobre una película de Marvel. Ni odio. Ni envidia. Ni miedo. Indiferencia.

El coche de Dario desapareció. Y con él, desapareció su importancia. Leo miró a sus amigos. Miró sus propias manos. Se sentía sólido. Sentía el peso de su cuerpo en el muro. Ya no era un fantasma. Ocupaba su lugar en el mundo. Tenía gravedad.

—¿Vamos a por esas hamburguesas de las que hablaste el otro día? —preguntó Leo, levantándose y sacudiéndose las migas de sal del pantalón. —Invito yo —dijo Kai, cargando su caja—. Para celebrar que ya no sois unos novatos. —Eh, yo invito a los helados —dijo Vega, saltando del muro.

Echaron a andar calle abajo, bajo el sol, riéndose de nada y de todo. Caminaban despacio. Sin prisa. Con la tranquilidad absoluta de quien sabe que no llega tarde a ninguna parte, porque el tiempo es suyo. Tenían Aura. Y lo mejor de todo, lo verdaderamente épico, es que ya no necesitaban pensar en ello. Simplemente, la vivían.

Qué está pasando aquí

Este es el Epílogo y la Integración. El Héroe vuelve a casa con el Elixir. Pero el Elixir no es la fama, ni el dinero, ni la popularidad. El Elixir es la Autonomía.

Leo y Vega han alcanzado el estado final: Inconsciencia Competente. Al principio eran Incompetentes Inconscientes (fallaban sin saber por qué). Luego Incompetentes Conscientes (sabían que fallaban). Luego Competentes Conscientes (acertaban esforzándose mucho). Ahora, al final, caminan tranquilos. El Aura ya es parte de su sistema operativo. Les sale sola.

Y la lección final de Kai es vital para que el lector no se frustre: El Mantenimiento. Esto no es magia. Es higiene mental. Habrá días malos. Y no pasa nada. La clave es la persistencia, no la perfección.

La escena final del coche representa la prueba definitiva. El antagonista (Dario) intenta una última agresión. La respuesta de los héroes es la no-respuesta. El opuesto del amor no es el odio (que sigue siendo una conexión intensa). El opuesto del amor es la indiferencia. Ahí reside la libertad total.

Cierre

Regla Final de Aura: Tu vida es tu proyecto. Nadie va a venir a salvarte en un caballo blanco. Nadie va a darte permiso para brillar. Ese permiso te lo tienes que dar tú. Hoy. Ahora.

El Último Reto (Para Siempre) Cierra este libro. Ahora mismo. Levanta la cabeza del papel o de la pantalla. Respira hondo por la nariz, llenando el pecho. Siente el espacio que ocupas. Camina despacio hacia tu próxima tarea. Y recuerda: Ya lo tienes todo. No te falta nada. Solo tienes que dejar de esconderte. Nos vemos en la arena.

FIN