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Miguel Ángel Ballesteros

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11 Enero: El Debrief

11 Enero: El Debrief

“En combate, lo que no se nombra, se repite.”

Fuente/Tradición: Unidades de élite / Psicología del rendimiento

La Historia: La sala sin rangos

Una misión termina y el peligro baja. Ese es el momento en que el ego intenta ganar. Empieza el relato: “Fue mala suerte.” “No era el día.” “Yo lo hice bien; falló el otro.”

Los equipos serios no permiten ese veneno.

En los entornos donde un error cuesta vidas —aviación, rescate, combate— existe un ritual que parece frío, casi cruel: el debrief. No es terapia. Es supervivencia.

El patrón es simple: la misión termina, y antes de irse a celebrar o a dormir, el equipo se sienta. Sin espectáculo. Sin historias bonitas. Con hechos.

Imagina el ambiente: botas aún húmedas, olor a combustible, una sala pequeña con una pizarra y una mesa. No hay gritos. Hay frases cortas. Directas. Casi quirúrgicas.

Alguien señala un momento concreto: “En la aproximación, miré donde no debía”. No dice “me distraje porque estaba cansado”. Dice el hecho. Otro responde: “Te vi. Dudaste medio segundo”. Nadie se ofende. Nadie se defiende. Porque todos entienden el trato: aquí no se protege el orgullo; se protege la vida.

Lo importante no es la culpa. Es la corrección.

¿Qué se suponía que pasara? ¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Qué cambia mañana?

La regla no escrita: el rango se queda fuera. Si el líder se equivoca, se dice. Si el novato ve un fallo, lo nombra. No para humillar. Para no repetirlo.

Porque el enemigo real no es el fallo. Es el fallo sin nombre.

Y el enemigo secundario es el autoengaño: esa habilidad tuya de convertir una excusa en identidad.

Tú no necesitas una sala táctica. Necesitas el mismo principio en miniatura.

La Lección: Sin debrief, entrenas el error

Cada día es una misión. Cada hábito es una operación. Y cada excusa que no se analiza se convierte en doctrina.

Sin debrief, repites el patrón con más confianza, porque tu mente ya lo ha normalizado. La segunda vez fallas con menos fricción. La tercera, ni lo notas. Y cuando quieres reaccionar, el hábito ya está muerto y te preguntas “¿en qué momento me desordené?”.

No fue un día. Fue la suma de días sin corrección.

Cuando fallas, tu mente quiere dos salidas fáciles: 1) castigarte (“soy débil”); 2) absolverte (“no pasa nada”).

Ambas son cobardía.

El guerrero hace otra cosa: extrae inteligencia.

No dices “fallé”. Dices “fallé por esto”.

Y si la causa raíz es el entorno, no negocias con fuerza de voluntad. Reconfiguras el entorno.

La disciplina no se gana luchando contra ti. Se gana quitándole munición a tu peor versión.

Ejemplo real: “No entrené” no sirve. “No entrené porque cuando terminé de trabajar me senté ‘un minuto’ y abrí el móvil” sí sirve.

Una vez lo nombras, aparece el contraataque:

  • Si el enemigo es el móvil, lo sacas de la habitación.
  • Si el enemigo es el cansancio, bajas el umbral: 15 minutos, pero sin negociación.
  • Si el enemigo es la logística, preparas el campo: mochila lista, ropa lista, agenda bloqueada.

Un debrief diario de 3 minutos te ahorra semanas de estancamiento. Porque no estás improvisando disciplina; la estás diseñando.

El Protocolo (3 minutos, sin drama):

  1. Plan: ¿Qué era lo esencial hoy? (una sola cosa).
  2. Realidad: ¿Lo hice? Sí/No. ¿A qué hora? ¿Cuánto?
  3. Causa: ¿Qué lo hizo difícil: sueño, hambre, caos, móvil, gente?
  4. Ajuste: ¿Qué cambio físico hago para mañana?

Si quieres un indicador simple, añade un contador: quejas. La queja es fuga de energía. Es una declaración de impotencia. Puedes sentir dolor, cansancio o miedo, pero si te quejas en voz alta estás entrenando rendición.

Hoy cuenta: ¿cuántas veces te quejaste? No para culpabilizarte. Para ver el nivel de resistencia real.

Mañana no necesitas “ser mejor”. Necesitas ejecutar el ajuste. Eso es disciplina: corregir en caliente, no prometer en frío.

Si hoy has fallado, perfecto: te ha dado datos. Si hoy has cumplido, también: te ha mostrado qué funciona. En ambos casos, el debrief te convierte en estratega, no en víctima. Y eso cambia el juego. Para siempre.

Reflexión Final:

  1. El Plan: ¿Qué era lo mínimo innegociable que ibas a cumplir estos días? Escríbelo en una frase.
  2. La Realidad: ¿Qué pasó exactamente (números, horas, hechos)? Sin insultos. Sin adjetivos.
  3. La Causa: ¿Qué variable te tumbó: sueño, móvil, comida, caos, gente, falta de preparación?
  4. El Ajuste: ¿Qué una puerta vas a cerrar mañana (una)? Sé específico: “móvil fuera de la habitación”, “ropa lista a las 22:00”, “entreno antes de abrir mensajes”.
  5. La Práctica de Hoy: Haz tu debrief por escrito. Cuatro líneas. Nada más. Luego prepara el ajuste físicamente antes de dormir.

El debrief no te hace más duro. Te hace más preciso. Y la precisión es poder.