14 Febrero: Silencio (Observar el Fuego)
14 Febrero: Silencio (Observar el Fuego)
“Aferrarse a la ira es como agarrar un carbón ardiendo con la intención de tirárselo a otro; tú eres el que se quema.” — Buda
Foco: Sentarse en el Fuego.
La ira rara vez avisa con palabras. Llega como un golpe de calor: mandíbula que aprieta, pulso que se acelera, visión que se estrecha. Es un animal que quiere tomar el volante. Y lo más peligroso no es sentirla; lo peligroso es creer que te obliga.
Estos días la has mirado desde varios ángulos: como señal, como orgullo herido, como historia personal, como energía que puede destruir o impulsar. Hoy no vienes a “entender” la ira. Vienes a conocerla por dentro, sin obedecerla.
El error habitual es tratar la ira como una orden. Explota y arrasa, o se traga y envenena. Ambas opciones tienen el mismo fondo: crees que no hay espacio. Que, cuando el fuego aparece, tú desapareces. El entrenamiento de hoy es recuperar ese espacio. No para ser frío, sino para ser dueño.
Busca un lugar quieto y siéntate. No como alguien que se castiga, sino como alguien que sostiene una guardia. En vez de “hacer una práctica”, entra como si entraras a un gimnasio interior. Permítete recordar una escena que te encienda: una frase, una persona, una injusticia. Deja que la imagen haga su trabajo. La mente intentará convertirlo todo en discurso. Querrá probar que tienes razón, que el otro merece el golpe, que “esto no se puede tolerar”. Ese es el truco: la historia alimenta el fuego.
Hoy practicas otra cosa. Vuelve al cuerpo. Nombra por dentro lo que es físico: calor en el pecho, presión en la garganta, tensión en las manos. Solo eso. Sin juicio, sin moral. Respira como si estuvieras enfriando metal: lenta, profunda, con una exhalación que alarga la distancia entre tú y el impulso. A veces sentirás ganas de levantarte, de abrir los ojos, de distraerte. Ahí está el momento exacto del autocontrol: quedarte.
Si la ira te pide palabras, recuérdale lo que entrenaste: no tomártelo personal, no convertirlo en identidad. Si te pide ataque, recuerda la empatía táctica: la energía puede convertirse en precisión. Si te pide venganza, recuerda la carta no enviada: puedes permitirte sentir sin tener que actuar.
Sostén el fuego el tiempo suficiente y ocurre algo sobrio: la ola baja. No porque “ganes”, sino porque deja de haber combustible. En ese silencio nace una claridad que no llega cuando estás poseído. Termina la práctica con una decisión mínima y digna: una acción concreta para reparar, poner un límite o soltar. Hoy no apagaste tu fuerza. Le quitaste la rabia.