07 Marzo: Silencio (El Ojo Inocente)
07 Marzo: Silencio (El Ojo Inocente)
“Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada.” — Antoine de Saint-Exupéry
Foco: El Ojo Inocente (Jamais Vu).
Miras una taza y, sin darte cuenta, la mente dice “taza” y se va. La palabra funciona como un botón de apagado: lo conocido se vuelve invisible. En ese gesto pequeño se esconde una trampa enorme: empiezas a vivir rodeado de cosas que ya no miras, personas que ya no ves, problemas que crees entender solo porque los has nombrado.
La mente no mira la realidad: mira un mapa. Un mapa hecho de hábitos, etiquetas, historias y atajos. El problema es que, cuando confundes el mapa con el territorio, te vuelves un prisionero elegante. Crees que “ya sabes” cómo son las cosas y dejas de observar. Ahí nacen el sesgo, la ceguera y la certeza arrogante.
El ojo inocente no es ingenuidad. Es precisión. Es volver a mirar como si fuera la primera vez, aunque sea la misma calle, la misma cara o el mismo problema. Porque lo conocido es peligroso: te anestesia. Y la anestesia mental es el comienzo de los errores.
Hoy el silencio es una limpieza de lentes. Elige un objeto simple y cercano: una taza, una llave, una hoja, un trozo de pared con luz. Siéntate frente a eso y quédate quieto. Durante diez minutos, míralo como si no tuvieras idioma. Deja que la mente intente hacer su trabajo habitual y ponle atención: en cuanto aparece la etiqueta, el objeto se vuelve “cosa” y desaparece el detalle. Cada vez que la etiqueta suba, suéltala sin pelea y vuelve a lo físico: la sombra, la textura, el borde irregular, la temperatura, el reflejo.
Este ejercicio parece pequeño, pero ataca el mecanismo que te engaña cada día. El sesgo de confirmación vive de etiquetas rápidas. La caverna de Platón se alimenta de sombras conocidas. Cuando miras sin nombrar, rompes el hechizo: descubres que la realidad tiene más capas de las que tu historia permite, y que tu certeza era, muchas veces, pereza.
Al principio te parecerá absurdo, porque tu cerebro quiere ir rápido. Quiere confirmar lo que ya cree, quiere ahorrar energía. Pero justo ahí está el entrenamiento de la percepción: obligar a tu mente a trabajar como un investigador, no como un juez. Feynman lo diría de forma brutal: eres la persona más fácil de engañar. El ojo inocente es una forma simple de dejar de engañarte.
Cuando termine el bloque, escribe una sola frase en tu cuaderno: “Hoy vi…” y completa con un detalle que no habías notado nunca. No busques poesía; busca verdad. Y durante el resto del día, haz el mismo gesto con una persona cercana: mírala unos segundos sin adjetivos, sin historia, sin el “siempre es así”. Solo observa. La objetividad no es frialdad; es ver sin el filtro que te secuestra.
El guerrero no necesita tener razón. Necesita ver. Hoy entrenas la mirada que te salva de tu propia caverna.