1.1 Propósito ético: poder = influencia justa
1.1 Propósito ético: poder = influencia justa
Relato
La cena del domingo siempre empieza igual: ruido, hambre y un cansancio que se pega a las paredes.
Cristina sirve el último plato sin mirar a nadie. Daniel mete la mano en el pan como si estuviera en un bar. Marcos entra tarde, la mochila golpea una silla, y su presencia ya viene con un mensaje: hoy no me pidas nada.
—Paso de recoger —dice, como quien enciende un fósforo.
Daniel ríe. No es una risa alegre; es una risa de “yo no seré el último”. Mira a Marcos y suelta:
—Claro. El príncipe no friega.
Una chispa de silencio, breve, y después una carcajada nerviosa que no termina de ser carcajada. Cristina baja la mirada. Marcos aprieta la mandíbula. Mike siente el impulso conocido: el cuerpo pide velocidad, volumen, castigo. El ego quiere “ganar” delante de todos.
Respira. Un segundo más largo de lo cómodo.
—Quiero que esta casa funcione sin que nadie pise a nadie —dice al fin, con una voz que no se defiende ni ataca—. Estamos cansados. Precisamente por eso hay que hacerlo bien.
Marcos ya está listo para discutir. Mike lo ve en los hombros, en el mentón adelantado, en la necesidad de salir de ahí con la bandera clavada en el suelo. Pero Mike no entra a pelear identidad con identidad. No discute si Marcos es “vago” o si Daniel es “gracioso”. No compra el veneno.
—Ayer la cocina quedó hecha un desastre —continúa—. Hoy lo arreglamos entre todos. Yo recojo la mesa. Daniel seca. Tú friegas.
Marcos abre la boca y Mike levanta la mano, palma abierta, como quien regula tráfico, no como quien acusa.
—Veinte minutos. Y se acaba. ¿Sí o no?
La pregunta no viene con amenaza. Viene con una puerta clara: elige y nos movemos.
Marcos mira a Daniel. Daniel ya no ríe. La broma se ha quedado colgando como una camiseta mojada: pesa. Marcos mira a su padre.
—Sí… —dice, y la voz le sale más pequeña—. Pero lo de “príncipe” sobra.
Ahí está el verdadero problema. No el plato. La daga.
Mike siente otra tentación: proteger el orden a costa de Marcos (“no te pongas así”), o proteger a Marcos a costa de Daniel (“pide perdón ya”). Ambas opciones escalan. Ambas crean vencedores y vencidos. Y en esa casa, los vencidos guardan facturas.
Elige otra cosa.
—Gracias por decirlo así —dice Mike, mirándolo de frente—. Tienes razón: sobra.
Daniel se revuelve, medio por orgullo, medio por vergüenza.
—Era broma.
—Lo sé —responde Mike—. Y aun así, si pincha, no vale. Aquí las bromas no sirven para humillar.
Daniel traga saliva. Baja la vista un instante.
—Perdón —dice, sin teatralidad.
Marcos asiente. No se han hecho amigos. Pero han salido del barro.
Y entonces pasa lo raro: se levantan. Se mueven. Sin que nadie grite. Sin un sermón. Sin ese ambiente pegajoso de “aquí mando yo” que deja la casa oliendo a derrota.
Mientras el agua corre en el fregadero, Mike observa algo simple: cuando pones justicia encima de orgullo, la cooperación aparece. No por miedo. Por alivio.
Cuando terminan, Mike no añade un discurso. Solo deja una semilla:
—Si algo os molesta, decídmelo como lo ha hecho Marcos: claro y con respeto. Y si os equivocáis, haced lo que ha hecho Daniel: corregid sin drama. Eso es poder bien usado: proteger la casa, no aplastar a nadie.
La jugada (sin romper la historia)
Mike hace tres cosas que, juntas, cambian el destino de la escena:
—Contexto: “Ayer la cocina quedó hecha un desastre.” —Propuesta: “Yo recojo. Daniel seca. Tú friegas.” —Siguiente paso: “Veinte minutos. ¿Sí o no?”
Y cuando aparece el golpe de estatus (“el príncipe”), protege dignidad con justicia:
—Validación: “Tienes razón: sobra.” —Regla: “Bromas sí; humillación no.”
Explicación Profunda
Esta escena parece doméstica, casi pequeña. Por eso es perfecta: el poder, en la vida real, no suele entrar con uniforme. Entra con chistes, con cansancio, con “paso”, con esa micro-violencia social que parece broma y, sin embargo, deja cicatriz.
La primera clave es entender qué es el poder (y qué no es). Mucha gente oye “poder” y piensa en abuso: dominación, control, manipulación. Pero el poder, en su forma desnuda, es más simple: capacidad de influir en el resultado de una situación. Si el resultado ocurre sin ti —o contra ti—, te falta poder. Si el resultado ocurre contigo y mejora el sistema, lo estás ejerciendo bien.
La ética entra cuando decides para qué lo usas. En esta casa había dos riesgos simultáneos:
- Un riesgo operativo: nadie iba a hacer lo que había que hacer (la cocina).
- Un riesgo moral: se estaba normalizando una jerarquía informal basada en la burla (“el príncipe”) y en el desafío (“paso”).
Si Mike hubiese ganado el operativo a costa del moral (“¡Marcos, friega ya!”), habría conseguido platos limpios y una casa más pobre por dentro: obediencia resentida, guerra fría, sabotaje pasivo. Si hubiese protegido el moral a costa del operativo (“da igual, yo lo hago”), habría comprado paz falsa y habría enseñado una lección venenosa: quien presiona, gana; quien se rinde, carga.
El poder ético es esa tercera vía incómoda: crear orden sin humillar.
¿Cómo se hace? Primero, separando personas de conductas. Mike no etiqueta (“vago”, “maleducado”, “payaso”). Describe hechos y decide acciones. Eso desactiva el ego defensivo: si me atacas como identidad, contraataco; si me presentas un problema común, puedo colaborar sin perder cara.
Segundo, convirtiendo la conversación en un carril. La estructura CPS no es “técnica para mandar”: es un antídoto contra el caos y contra el cinismo. El contexto evita la niebla. La propuesta evita el bucle. El siguiente paso evita la trampa favorita del mundo moderno: la conversación interminable que no obliga a nadie.
Tercero, y esto es lo que hace que sea ético, Mike protege dignidad de ambos lados. Protege a Marcos de la humillación (validando el límite) y protege a Daniel del linchamiento (no lo aplasta, lo encuadra). La justicia no es “ser blando”; es aplicar reglas que se sostienen cuando el afectado cambia. Hoy la broma es contra Marcos; mañana será contra Daniel. La regla sigue.
Cuando tus reglas son justas, ocurre algo que parece magia: la gente coopera sin que les robes el alma. Esa es la diferencia entre autoridad y dominación. La dominación exige energía constante (miedo, castigo, vigilancia). La autoridad se vuelve “barata”: una vez establecida, el sistema se regula solo.
La característica clave aquí aparece en múltiples escenarios: la gente no se pelea solo por platos, se pelea por dignidad, por control y por no quedar abajo. CPS te da una forma limpia de poner carril sin entrar en guerra.
Por ejemplo, imagina esta escena en la oficina:
“No me convence el informe. Revísalo.”
Aquí, si respondes con orgullo (“pues hazlo tú”) o con sumisión (“vale, lo rehago yo solo”), pierdes por un lado u otro. La salida es CPS: aterrizas el hecho, propones y cierras un siguiente paso.
“Para la reunión de las 12:00 necesitamos la tabla actualizada. ¿Puedes revisar el Q3 y mandármelo antes de las 11:30?”
Ahora imagina la misma dinámica en casa, con niños:
“No quiero recoger.”
Aquí la tentación es gritar (dominar) o hacerlo tú (ceder). CPS convierte el momento en estructura sin humillar.
“Ahora el suelo está lleno y vamos a cenar. Guardamos todo en la caja roja. Cuando esté limpio, ponemos la mesa.”
Y en lo social:
“Qué príncipe estás hoy, ¿no?”
Aquí la pelea no es el chiste: es quién puede pinchar sin pagar. Si te ríes, lo legitimas. Si explotas, escalas. La salida es validar intención y marcar límite.
“Sé que era broma, pero ese comentario me sobra. Cambiemos de tema.”
Conclusiones
Si tuviera que resumir el poder ético en una frase sería esta: orden sin humillación. Eso exige tres hábitos: hablar de conductas (no de identidades), cerrar acuerdos pequeños (no promesas) y sostener el silencio cuando toca (para que el otro se comprometa).
Las señales de progreso son muy concretas: menos “porque…” para justificarte, más cierres que se cumplen, y una calma nueva cuando alguien resiste (puedes reconocer emoción sin soltar el timón).
Las trampas también: sobreexplicar para que no se enfaden (negocias tu dignidad), moralizar para ganar (impotencia maquillada) y preguntar sin esperar respuesta (amabilidad falsa). La salida suele ser la misma: frase corta, criterio claro y silencio real.
Para entrenarlo: Juego 1: Semáforo del Poder. Te obliga a practicar justo en el borde donde se decide todo: pasar de reacción (rojo/ámbar) a respuesta (verde) cuando hay presión y orgullo en la sala.