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Miguel Ángel Ballesteros

Maker, using software to bring great ideas to life. Manager, empowering and developing people to achieve meaningful goals. Father, devoted to family. Lifelong learner, with a passion for generative AI.

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1.2 Conducir la conversación: tempo, tono, tema

1.2 Conducir la conversación: tempo, tono, tema

Relato

La reunión “rápida” siempre miente.

Un grupo de padres y dos delegados se sientan con la promesa invisible de “en cinco minutos lo cerramos”. Pero el aire ya viene cargado: uno llega tarde, otro viene con el móvil en la mano, otro trae una queja en el bolsillo como quien trae una granada.

—Lo del viernes de pelis —empieza alguien—. ¿Dónde lo hacemos?

Cuatro voces contestan a la vez. Se habla de salas, de permisos, de “yo no puedo ese día”, de “en 2019 lo hicimos en…”. Alguien salta a las palomitas. Otro vuelve al proyector. Nadie decide nada, pero todos sienten que han “participado”.

Mike escucha treinta segundos. Lo justo para detectar el patrón: no es falta de ideas; es falta de carril.

Levanta la mano, palma abierta, como quien pide paso sin enfado. Baja el tono en lugar de subirlo.

—Pausa —dice, y no pide perdón por existir—. Treinta segundos conmigo.

Silencio irregular: dos se callan, uno sigue dos palabras más, se da cuenta y se detiene. Mike no reacciona. Espera a que el silencio sea real.

—Tenemos dos decisiones —continúa—: lugar y hora. Si salimos de aquí sin eso, volvemos a perder una tarde.

Se oyen respiraciones. El “vamos a cerrar” se vuelve serio.

—Propongo dos opciones: (A) casa de Luis, 19:00. (B) cole, 18:30, aula grande. Ahora: una palabra. A o B.

—Me da igual —dice alguien, buscando no mojarse.

Mike asiente, sin ironía.

—Perfecto. Te apunto como “A o B, lo que salga”. Siguiente: ¿quién trae proyector?

Marta levanta la mano.

—Yo. Pero necesito alargador.

—Hecho. Proyector: Marta. Alargador: lo pone quien tenga coche grande —mira alrededor—. ¿Alguien?

Un padre resopla.

—Yo.

Mike asiente una sola vez. No celebra. No dramatiza. Cierra.

—Listo. Dos cosas cerradas.

Y entonces aparece el saboteador amable: el que no quiere el objetivo, pero tampoco quiere quedar como “el malo”.

—Ya, pero… las palomitas. Porque en 2019…

Aquí es donde mucha gente se equivoca. Si entras en el debate, ya perdiste. Si humillas, ganas el minuto y pierdes el grupo.

Mike elige un tercer camino: valida sin ceder el volante.

—Buen tema. Lo anotamos y lo tratamos al final si queda tiempo —coge un boli y escribe “palomitas” en una hoja visible—. Ahora, normas mínimas: recoger, volumen y hora de salida. Propongo tres y añadimos una si alguien cree que falta algo.

En diez minutos, la reunión que iba a durar treinta se acaba con algo raro: un acuerdo.

Mike mira la hoja.

—Resumen: viernes en el cole, 18:30, aula grande. Proyector: Marta. Alargador: Juan. Normas: A, B, C. Y palomitas en “parking” si nos sobra tiempo. Gracias.

El grupo se levanta con una sensación de alivio que pocos saben nombrar: alguien cuidó de su tiempo sin pisar a nadie.

La jugada (tempo, tono, tema)

Mike no “manda”; conduce:

Tempo: introduce una pausa real (“Treinta segundos conmigo”) y reinicia el reloj. —Tema: define el objetivo (“lugar y hora”) y lo convierte en frontera. —Tono: baja el volumen y mantiene calma, obligando al grupo a sincronizarse. —Parking: pospone lo periférico sin humillar (“lo anotamos y lo vemos al final”).

Explicación Profunda

Todos hemos estado en esa reunión o cena familiar que parece una “olla de grillos”: voces superpuestas, temas que saltan sin lógica y una sensación creciente de pérdida de tiempo. En dinámica de poder, el caos es un vacío. Y el poder aborrece el vacío. Si nadie estructura la conversación, la entropía gana: se hablará de lo más ruidoso o lo más irrelevante, no de lo importante.

Mike recupera el control no compitiendo en volumen, sino cambiando el tempo. Su pausa actúa como un interruptor. No suplica (“por favor, escuchadme”) ni agrede (“callaos”). Anuncia una detención del flujo. En grupos, esto es poder puro porque el recurso más escaso no es el dinero: es la atención. Quien logra detenerla sin violencia se convierte, por un instante, en el centro legítimo.

Una vez tiene la atención, Mike utiliza el control de marco para definir de qué se habla y, más importante aún, de qué no se habla. Al explicitar el objetivo (“lugar y hora”), crea una frontera. Todo lo demás queda fuera. Esto no es rigidez; es protección. En grupos, la dispersión no es inocente: suele ser una forma suave de evitar responsabilidad. Si nunca cerramos nada, nadie queda expuesto.

Pero aquí está la clave ética: el parking lot (aparcamiento). Cuando alguien intenta introducir un tema periférico, Mike no lo aplasta. Lo pospone con respeto. Eso hace dos cosas a la vez: protege el objetivo y protege la dignidad del interlocutor. Rechazar frontalmente puede sonar eficiente, pero suele crear enemigos silenciosos que sabotearán después. Aparcar es una forma de decir: tu voz cuenta, pero el grupo también.

Y hay un matiz de poder importante: conducir una conversación no consiste en “ganar la palabra”. Consiste en convertir energía social en decisiones. Eso requiere tres controles:

1) Tempo (quién regula pausas, turnos y cierres). 2) Tema (qué se discute y en qué orden). 3) Tono (la atmósfera emocional: calma, urgencia, juego, solemnidad).

Sin estos tres, la conversación se convierte en un mercado: gana quien grita, quien entretiene o quien genera culpa. Con estos tres, el grupo puede ser libre sin ser caótico.

La característica clave aquí aparece en múltiples escenarios: cuando el grupo no tiene carril, el tema real deja de ser “qué decidimos” y pasa a ser “quién se impone”. Conducir es devolver la conversación al bien común (tiempo, foco, dignidad).

Por ejemplo, imagina esta escena en trabajo:

Tres personas discuten a la vez, y la reunión lleva diez minutos sin avanzar.

Aquí, si te sumas, solo añades ruido. Si esperas, pierdes el día. La salida es tempo + tema.

“Pausa. Veinte segundos. Hoy cerramos presupuesto. Lo demás lo aparcamos. ¿Seguimos por cifras o por riesgos?”

En familia, el patrón es idéntico:

“A Juan le dejan más dinero.”

Ese tema puede ser importante, pero es otra mesa. Si lo discutes ahora, el objetivo actual se muere. Parking, con respeto.

“Lo anotamos y lo hablamos el sábado con calma. Ahora cerramos tu hora de llegada: ¿22:00 o 22:30?”

Y en lo social:

Alguien monopoliza la cena con un monólogo interminable.

Si lo cortas en seco, humillas. Si lo sufres, entregas la noche. La salida es cerrar validando y pasar el turno.

“Vaya semana, tío. Ojalá se arregle. Ana, por cierto, ¿cómo te fue la mudanza?”

Conclusiones

Conducir conversaciones es poder ético cuando protege el bien común: tiempo, atención y dignidad. El líder no es el que habla más; es el que cuida el carril.

Las señales de progreso son claras: menos ansiedad ante el ruido, reuniones más cortas y redirecciones más suaves (sin expulsar a nadie).

Las trampas también: suplicar atención, debatir el tema irrelevante y convertirte en “policía malo”. La salida es casi siempre la misma: estructura + calma.

Para entrenarlo: Juego 2: Turno Blindado. Te vacuna contra la interrupción y te enseña a sostener tu espacio; sin esa base, “pausa” suena a disculpa en vez de liderazgo.